Este es un blog profesional en el que iremos dejando información, reflexiones y recursos. Está dirigido a todos los implicados en el proceso educativo: alumnado, docentes, padres y madres. Los miembros del Departamento de Orientación esperamos que os ayude y os resulte interesante y deseamos que sea un lugar de encuentro entre todos los miembros de esta comunidad educativa
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jueves, 21 de mayo de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
LA EMPATÍA: PAUTAS PARA ENTRENARLA
El
valor de la empatía se puede entrenar y mejorar si queremos. A unos
les puede costar un poco más que a otros (también depende de lo que
nos la han fomentado en nuestra familia), pero tú puedes mejorar
teniendo en cuenta estos aspectos:
- Saluda siempre a las personas de tu entorno: familia, colegio, amigos. Un “hola y adiós”, es el primer paso para comunicarnos y que pueda empezar la empatía.
- Procura sonreír. La sonrisa genera un ambiente de confianza y cordialidad. La cara de enfado (vulgarmente decimos “llevar cara de perro”), pone los demás a la defensiva.
- Considera importantes los asuntos de los demás, tan importantes como los tuyos, y en ocasiones más que los tuyos.
- No hagas juicios prematuros de las personas (“me va a decir lo de siempre, ya llega este pesad,…) Si alguien se acerca a ti para hablarte, posiblemente es porque necesita hablar con alguien.
- Si en ese momento no tienes tiempo, o es un mal momento, explícaselo amablemente y con delicadeza (eso también es empatía). La persona que quiere hablarte se sentirá mejor. Después, no dejes pasar mucho tiempo para charlar con ella.
- Cuando hables con las personas no muestres prisa, aburrimiento, distracción o cortes tajantemente la conversación. Es una falta de educación y de respeto a la persona.
- Esfuérzate por escuchar. Recuerda alguna situación parecida que te haya pasado a ti. Centrarás tu atención y comprenderás mucho mejor a la persona que te habla.
- Si esa persona tiene problemas o está desanimada, dale ánimos: una palmada en el hombro, una sonrisa, una recomendación que a ti te haya sido útil.
- Cuando se entable una discusión procura mantener la calma. La serenidad apacigua y permite el diálogo. Los gritos impiden la comunicación
- Cuando no sepas que decir o hacer en una situación emplea este principio básico: “trata a los demás como a ti te gusta que te traten”.
- Recuerda que quien cultiva la empatía gana en respeto, comprensión, generosidad y amistad.
Fuente
:http://blogs.larioja.com/mariamarrodan/2010/03/31/la-empatia/
viernes, 9 de enero de 2015
Bullying
“No quiero ir a la escuela…” puede ser la primera manifestación de que un niño está en problemas. En ocasiones acompañada por signos tales como dolores imprecisos, malestares diversos o dificultades para salir de la cama, la frase, sin embargo, suele aludir a cierta clase de cosas que no tienen que ver con la próxima prueba de Matemática o las exigencias de la profesora de Geografía. Y sí con algo que para niños y jóvenes suele ser vivencialmente más importante: la relación con sus pares. En realidad, muchas veces los puntos suspensivos serían cubiertos –si el chico se animara– por la explicación “porque me hacen la vida imposible”.
El fenómeno del acoso escolar (bullying, en inglés), también llamado intimidación, hostigamiento, matonaje o bravuconeada, se está convirtiendo en un tema acuciante de la realidad escolar en todo el mundo y se refiere, específicamente, a maltrato físico o verbal sistemático por parte de uno o más alumnos hacia otro.
El maltrato puede consistir en agresiones físicas, daño a objetos personales, pequeños hurtos, amenazas, burlas, insultos, aislamiento, difusión de calumnias o cualquier recurso destinado a someter a alguien a una situación de inferioridad y humillación.
En general, el acto cuenta con espectadores, que suelen formar parte de un grupo acosador o que simplemente “disfrutan” del espectáculo; se divierten con las bromas y/o tratan de asociarse con el acosador para “compartir” su poder y, a través de él, llegar a hacer algo que quizá deseen, pero no se animan a concretar. También, por supuesto, lo hacen para evitar que se los coloque en el papel de acosados.
Si bien esta clase de fenómenos ha ocurrido en todas las épocas, ahora parece haber obtenido su “credencial” y aunque tal situación pudiera significar que se produce con mayor frecuencia, al mismo tiempo indica una tendencia a hacerse público que contribuye notablemente a iniciar caminos para su prevención, ya que uno de las factores que siempre lo han hecho difícil de abordar es su secreto, su clandestinidad, la ignorancia, conciente o inconsciente de los adultos al respecto. De alguna manera –y salvando las distancias– es un comportamiento “mafioso”, cuyo éxito se basa en el principio iniciático de esas organizaciones: la “omertá”, la ley del silencio tanto de víctimas como de victimarios.
En todas las edades y situaciones de la vida. Resulta claro que los grupos sociales y las diversas culturas establecen ciertos patrones de conducta considerados legítimos para lograrlo, por ejemplo: la realización de obras significativas, el prestigio logrado por una trayectoria de vida, la actitud generosa hacia los demás, el uso creativo de los propios talentos intelectuales, sociales o físicos, etc.
Sin embargo, no siempre y no para todos es posible alcanzar ese objetivo a través de esos medios y, por diversas razones, algunas personas apelan entonces a formas espurias de ganar poder y sentirse importantes, como por ejemplo el “bullying”. En muchos casos, suelen contar con el sostén de creencias socioculturales, que no sólo no impiden sino que facilitan que sus actos intimidatorios se realicen y además queden impunes.
En efecto, en algunos casos los adultos responsables –padres y maestros- no perciben la situación y en otros, si bien de algún modo la perciben o sospechan, la minimizan debido a que juegan en ellos ciertas ideas arraigadas que se resisten tenazmente a la prueba de realidad.
Respecto de los padres, suele suceder que no intervengan porque:
* “Son cosas de chicos.”
* “Tiene que aprender a vivir.”
* “Tiene que hacerse hombre.”
* “No hay que ser buchón (delator).”
* “Si se dejó pegar, se merece que lo castigue, por flojo…”
* “No vamos a estar metiéndonos en cada pavada…”
* “Sucedió en la escuela, que lo resuelvan ellos…”
* “Tiene que aprender a vivir.”
* “Tiene que hacerse hombre.”
* “No hay que ser buchón (delator).”
* “Si se dejó pegar, se merece que lo castigue, por flojo…”
* “No vamos a estar metiéndonos en cada pavada…”
* “Sucedió en la escuela, que lo resuelvan ellos…”
Respecto de los docentes, suele jugar en contra de su intervención que:
* Muchas veces los episodios de acoso no afectan el “normal desarrollo de las actividades”.
* En general, no se realizan en el aula ni a la vista de todos.
* En general, no se realizan en el aula ni a la vista de todos.
Resulta claro que cuando alguien se niega sistemáticamente a afrontar la realidad, ésta suele caer de golpe como un baldazo en el momento menos pensado: se han producido casos de “bullying”, sobre todo en los primeros años de enseñanza secundaria –edad estadísticamente crítica– que culminaron en suicidios u homicidios, ante la sorpresa y la perplejidad de adultos que no asumieron la gravedad que estos episodios pueden tener cuando se sostienen en el tiempo e incrementan progresivamente la soledad y la impotencia de las víctimas.
No cualquiera es acosador y no cualquiera es acosado. Aunque sí cualquiera puede ser espectador, y este factor tiene suma importancia en tren de avanzar hacia las soluciones porque sin público no hay espectáculo y, al no ser protagonistas, los espectadores son a veces más susceptibles de intervención adulta que los participantes directos.
Por ejemplo, durante la investigación de un hecho en el ámbito escolar, los espectadores no tendrían que pasar por la difícil situación de autoacusarse (como el acosador) ni por la de acusar (como el acosado). Serían testigos y, sin importar el mayor o menor placer que les haya proporcionado la situación, podrían ser invitados a mantener una ronda de conversaciones para describir los hechos y reflexionar sobre sus posibles consecuencias. Inclusive, si es necesario, podrán conservar el anonimato, tanto propio como de los protagonistas del hecho.
Más aún, ya sea como resultado de instrucciones precisas o espontáneamente, un “¡Basta ya!”, dicho en forma decidida por uno o más de los asistentes a un acto intimidatorio puede acabar rápidamente con la situación de violencia y sentar un precedente valioso para otras similares.
Acosadores y acosados, en cambio, son menos accesibles y suelen presentar algunos de los siguientes rasgos, no en forma estricta pero con bastante frecuencia:
Acosadores:
* Tienen problemas de autoestima.
* Por alguna razón no pueden destacarse de otro modo.
* Provienen de familias donde la violencia se considera normal para resolver los problemas.
* Son mayores o más fuertes que la mayoría de sus compañeros.
* Son líderes carismáticos, por admiración o temor.
* Por lo general, son extrovertidos, impulsivos.
* Pueden estar vengándose de abusos sufridos.
* Pueden estar movidos por la envidia.
* Padecen algún grado de “alexitimia”, es decir, de dificultad para reconocer los sentimientos propios y ajenos.
* Por razones culturales-familiares, de las dos formas posibles de “sobresalir”, elevarse uno o inferiorizar a los otros, eligen la segunda.
* Por alguna razón no pueden destacarse de otro modo.
* Provienen de familias donde la violencia se considera normal para resolver los problemas.
* Son mayores o más fuertes que la mayoría de sus compañeros.
* Son líderes carismáticos, por admiración o temor.
* Por lo general, son extrovertidos, impulsivos.
* Pueden estar vengándose de abusos sufridos.
* Pueden estar movidos por la envidia.
* Padecen algún grado de “alexitimia”, es decir, de dificultad para reconocer los sentimientos propios y ajenos.
* Por razones culturales-familiares, de las dos formas posibles de “sobresalir”, elevarse uno o inferiorizar a los otros, eligen la segunda.
Acosados:
* Son tímidos, temerosos.
* Son menores, más débiles o torpes que la mayoría de los compañeros.
* Pertenecen a alguna minoría dentro de la mayoría del aula: de género, étnica, social o de preferencias, por ejemplo, un varón que no gusta del fútbol.
* Son solitarios, no tienen amigos.
* Por lo general, son introvertidos.
* Son recién llegados.
* Tienen alguna desventaja física
* Se destacan intelectualmente (“tragalibros”) y provocan envidia.
* Son poco asertivos, acceden rápidamente a las demandas de los otros para “evitarse problemas”.
* Alguna vez denunciaron un maltrato y quedaron etiquetados.
* Tienen gran necesidad de ser aceptados por los demás.
* Suelen creer que soportar pasivamente las adversidades es la mejor forma de lidiar con ellas.
* Si aguantan lo suficiente, al fin sus dificultades se agotarán. Por razones culturales-familiares, pueden creer que no responder nunca a la violencia de otros es la mejor forma de apaciguarlos.
* Muchas veces son acosadores en potencia y, como en el famoso “síndrome de Estocolmo”, admiran a quien los maltrata e intentan identificarse con él.
* Son menores, más débiles o torpes que la mayoría de los compañeros.
* Pertenecen a alguna minoría dentro de la mayoría del aula: de género, étnica, social o de preferencias, por ejemplo, un varón que no gusta del fútbol.
* Son solitarios, no tienen amigos.
* Por lo general, son introvertidos.
* Son recién llegados.
* Tienen alguna desventaja física
* Se destacan intelectualmente (“tragalibros”) y provocan envidia.
* Son poco asertivos, acceden rápidamente a las demandas de los otros para “evitarse problemas”.
* Alguna vez denunciaron un maltrato y quedaron etiquetados.
* Tienen gran necesidad de ser aceptados por los demás.
* Suelen creer que soportar pasivamente las adversidades es la mejor forma de lidiar con ellas.
* Si aguantan lo suficiente, al fin sus dificultades se agotarán. Por razones culturales-familiares, pueden creer que no responder nunca a la violencia de otros es la mejor forma de apaciguarlos.
* Muchas veces son acosadores en potencia y, como en el famoso “síndrome de Estocolmo”, admiran a quien los maltrata e intentan identificarse con él.
Por supuesto, a menudo sucede que los rasgos se mezclan y aparecen los mismos en unos y otros, y suelen manifestarse de un modo inverso o reactivo. Por ejemplo: un problema de baja autoestima que se muestra como sobrevaloración.
El filósofo K. Popper enunció una vez la famosa paradoja de la tolerancia que, en pocas palabras, consiste en que ser tolerante con un intolerante puede volverlo más intolerante aún. Este es, básicamente, el nudo fundamental del problema y quizá sea una de las causas por las cuales fracasen al abordarlo tanto los partidarios del “ojo por ojo” como los de un cierto “pacifismo ingenuo”, convencidos de que, por ejemplo, una correcta argumentación racional podrá bastar para modificar una actitud intimidatoria que, justamente, no se asienta sobre bases racionales.
De ello derivan la dificultad y, probablemente, el ocultamiento: parece ser una de esas situaciones paradojales en las que cualquier acción que se lleve a cabo estará mal. No sirve que el acosado reaccione violentamente, no sirve que se someta y no sirve que trate de “negociar” racionalmente con el acosador.
Sin embargo, como en tantas otras situaciones humanas, por complejas que sean, algo es posible hacer. En primer lugar, es necesario distinguir claramente el acoso, que es una conducta cruel sistemática, de la violencia ocasional por razones circunstanciales, que es prácticamente imposible erradicar en su totalidad de ningún grupo humano.
En segundo lugar, es necesario que los adultos asuman que el problema existe, que es más frecuente de lo que parece, que puede tener consecuencias graves y, especialmente, que ellos deben intervenir y que deben hacerlo lo más pronto posible. Porque las situaciones de malestar crónico, individuales o colectivas, si no se detienen, crecen. Y no pueden sostenerse mucho tiempo sin ocasionar daños a veces irreparables.
En tercer lugar, es necesario intensificar y perfeccionar la escucha de padres y maestros, en el doble sentido de estar atentos a signos que pueden indicar situaciones de acoso, y también de creerles en principio a los niños cuando denuncian algún caso, aun cuando se reserven el derecho de indagar con precisión de qué se trata.
En cuarto lugar, es esencial convencerse –y actuar en consecuencia– de que este tipo de comportamientos nacen, crecen y proliferan en terrenos culturalmente fértiles. Si se va un acosador y no cambia el consenso cultural, muy probablemente aparecerá otro. La clave reside en crear condiciones institucionales en las que la crueldad y el acoso sean mal vistos. En las que se inviertan los valores que sostienen esas actitudes y se vaya debilitando la tentación de participar de algo que “todo el mundo sabe que es negativo”.
Hay que crear condiciones en las que “hostigar a otro no sea negocio”, no convenga, no sólo por las consecuencias normativas sino, especialmente, por las sociales. Y, para ello, no basta con oponerse a lo que se considera negativo; es necesario proponer actitudes alternativas, es decir, generar toda clase de situaciones en las que se resalten y se hagan evidentes las tendencias hacia la empatía y el altruismo. Dichas tendencias están presentes en todas las personas, incluso los reales o virtuales acosadores, quienes bien podrían cambiar su actitud ante una invitación a hacer un uso más valioso (y valorado) de su liderazgo. De esta manera, se satisface su necesidad de “ser importante”, pero cambiando el argumento.
De todos modos, si bien hay que atender a los dos (acosador y acosado) -sin desestimar el hecho de que el primero puede haber llegado a asumir ese papel por haber sido víctima antes- la prioridad la tiene el acosado, por lo degradante de su situación y por los riesgos que tal condición implica para sí mismo y para los demás. La amarga pregunta sin respuesta “¿Por qué a mí?” ha perseguido incluso hasta la adultez a muchos niños y sanar las heridas de su autoestima les ha requerido un enorme esfuerzo. Conviene aclarar que nos referimos a aquellos casos en los que tal esfuerzo puede considerarse el “mal menor”, ya que fue posible evitar alguna explosión de violencia que ocasionara un desastre en sus vidas o en las de otros.
Una de las mejores formas de ayudar al acosado real o virtual es informarle que, según sus propias confesiones, esa clase de hechos le ha sucedido y le sucede a muchas personas, incluso a muchos que hoy son adultos normales y destacados en diversas actividades. Es decir, no es estrictamente “su culpa” ni tampoco un estigma que deberá llevar de por vida: es una etapa que podrá ser superada, como tantas otras. Esta clase de mensaje, transmitido con convicción, suele tener un efecto psicológico preventivo y sanador.
Otra forma consiste en entrenar a los niños y jóvenes en aquello que hemos denominado antes capacidad asertiva. Es decir, la forma saludable de escapar a la trampa de someterse o responder con violencia. Muchas veces, la amenaza del acosador es mucho más simbólica que real, cuando no puro alarde, y un rechazo liso y llano expresado con seguridad puede detener el proceso, antes de que sea convierta en un caso real de intimidación.
Por último, la manera principal y fundamental de ayudar al acosador (y, al mismo tiempo, a todos los demás) es detener su acción. Para ello, la escuela tiene el derecho de establecer, acordar y hacer cumplir las normas que considere adecuadas, según los siguientes principios básicos: a) son las que le permiten sostener el esfuerzo de gobernar la institución, y b) son efectivas en la prevención e interrupción de círculos viciosos de violencia, como es el caso del “bullying”.
Es probable que éste sea el tema que más duramente desafíe a la relación escuela-padres. Por tal motivo, es necesario poner la lupa sobre él, instalarlo en la agenda institucional, buscar apoyo profesional, requerir información de lugares donde se investiga y se experimentan soluciones sobre el asunto y, una vez trabajado en el ámbito de la escuela o centro, abrirlo a la consideración de los padres en general y especialmente de aquellos cuyos hijos se han visto involucrados en algún episodio de intimidación.
Con seguridad, existen muchas cosas que se pueden hacer desde la escuela a fin de comenzar a producir el cambio cultural necesario para que los comportamientos de acoso se extingan. A continuación, algunas sugerencias:
* En principio, es necesario estar atento pero no alarmar(se). Aunque haya algún caso patológico, en general se trata de conductas que en diferentes medidas y contextos son humanas (demasiado humanas, diría Nietzsche…). Innumerables ejemplos de liderazgos fatídicos, seguidos por millones de “adultos instruidos”, abundan en la Historia. Además, el estado de alarma no es el mejor para pensar y, paradójicamente, puede prestarle un servicio al acoso al hacerle notar a los acosadores, reales o potenciales, lo que son capaces de provocar en los adultos.
* Muchas veces, ante un primer caso, la actitud serena y firme de los directivos o docentes ha hecho desistir para siempre de sus intentos a un acosador. En este caso, como en tantas otras situaciones, la detección precoz, es fundamental. Argumentos similares a “no es como para estar orgulloso”, “nadie lo estará, ni nosotros ni tus padres y además, acá, no estamos dispuestos a permitirlo…” pueden resultar increíblemente efectivos.
* Por otra parte, los acosadores reales o potenciales son minoría. De modo que, sobre la base de lo anteriormente dicho respecto de los espectadores/testigos y el concepto de grupo escolar como un todo, la presión sobre esa minoría puede llegar a ser muy grande. La mayoría no es acosador ni acosado, pero algunos de sus miembros pueden ser acosados si se dan ciertas circunstancias. Crear esa conciencia ayuda, con toda seguridad, a una nueva cultura.
* Debido a que el secreto es el factor clave de estos comportamientos, todo lo que se haga para darle estado público al problema será conveniente, siempre que no vulnere la privacidad de nadie: carteleras, concursos de afiches, tratamiento en Consejos de alumnos o Centros de estudiantes, trabajo de colaboración con los líderes positivos del alumnado, proyección de videos con debate, clases especiales, circulación de hojas volantes, Jornadas contra el abuso, etc. Usamos el término abuso con toda intención, ya que el propósito consiste en ir creando una microcultura inmune a los abusos de todo tipo, incluidos los casos de “bullying”. Tratarlos así permite enfocar mejor, incluirlos dentro de un repertorio de conductas que también se ligan con cierta “cultura machista” y, de paso, no hacerle publicidad al “bullying” por nombrarlo excesivamente.
* Suele afirmarse que “salvo las enfermedades y los desastres climáticos, más del 90% de los problemas del mundo son resultado de que existan personas que no mantienen sus acuerdos”. No podemos comprobar si es exactamente así, pero el sentido de la idea puede tener un significativo efecto en una comunidad si se la sostiene con firmeza. Si entendemos como comportamiento abusivo todo aquel que supone un mal-uso, o uso indebido del cuerpo, las ideas, los sentimientos, el buen nombre, los objetos, el espacio o el tiempo de otro, una buena consigna para instalar y sobre la cual acordar podría ser: “No al abuso, sí al respeto”. Y una parte importante del acuerdo debería consistir en que denunciar un abuso no es ser delator sino cuidador del bien común. Porque en una “cultura del abuso”, nadie está a salvo.
* Las escuelas deberían elaborar una política al respecto. Es decir, no deberían reaccionar como si cada vez fuera la primera y sí prever ciertos procedimientos acordados por directivos y docentes (y eventualmente alumnos y padres) sobre qué hacer y fundamentalmente qué no hacer ante una denuncia o una sospecha.
* Es necesario interiorizarse en la mayor medida posible acerca de ciertos rasgos de la cultura infanto-juvenil, que suelen tener mucha influencia y que los adultos a veces desconocen o minimizan. Por ejemplo, no es rara la situación en que acosador y acosado son amigos y están unidos por un apego afectivo que sobrevive a los episodios de acoso, burla o humillación. Son relaciones que ejemplifican casos tales como Abbot y Costello o Laurel y Hardy, o “Los tres chiflados”, donde uno de ellos siempre es el despistado o torpe y termina ridiculizado. Estos casos son difíciles porque ponen sobre el tapete una cuestión fundamental, nunca mejor expresada que en el viejo dicho judío: “Dime en qué carro viajas y te diré qué canción cantas”. Es muy difícil para un chico (y también para un adulto) “cantar otra canción” salvo la que cantan aquellos que viajan en “su carro” y, por consiguiente, nuestra propuesta consiste en comenzar a crear “una nueva canción” que sea válida para todos o al menos para la mayoría.
* Desde el punto de vista práctico, muchas investigaciones demuestran que la actitud alerta de los adultos dentro del edificio escolar suele disminuir sensiblemente los episodios de acoso. Es imprescindible supervisar que los alumnos estén en clase mientras deban estarlo, vigilar los baños, pasillos, depósitos, laboratorios y otros lugares en los que se pueda permanecer cierto tiempo fuera del control de los adultos. También, en el caso de los responsables de aula, se debe prestar atención a cambios significativos en la conducta de uno o más alumnos, tales como: aislamiento, silencios persistentes, ausencias reiteradas, desatención, alteraciones bruscas en el rendimiento académico, etc.
* La escuela debería mostrarse ampliamente receptiva ante todo comentario o denuncia que algún padre formule, aun cuando fuere en grado de sospecha, en forma personal o a través de la Asociación de Padres y Maestros, si la hubiera. Y, por supuesto, una vez logrado un acuerdo institucional básico sobre el tema, será necesario programar encuentros con padres, de carácter general y/o dirigidos a aquellos cuyos hijos están o se supone que puedan estar involucrados en situaciones de acoso. Aunque no siempre ocurre, para muchos padres, tanto de víctimas como de victimarios, enterarse de la situación resulta una sorpresa y ese sólo hecho sumado a la posibilidad de compartirlo con otras personas en situación similar (o complementaria) suele tener resultados beneficiosos que se trasladan a cambios en la crianza de sus hijos. Por supuesto, también se da el caso de padres que avalan la conducta de sus hijos por razones “ideológicas” tales como: “Él trata de imponerse, eso es normal, el problema lo tienen los otros” o “Fue criado para no usar nunca la violencia para resolver los problemas”. En general, son minoría. En la mayoría de los casos, ante la presión de la realidad y de la fuerza de las normas institucionales en especial, tales creencias suelen ceder por convicción o por necesidad.
* En este caso, como en otros, la escuela debiera convertirse en un foco de iniciativas, en principio referidas a la circulación de información en red, de todos con todos: padres con hijos, padres con padres, maestros con alumnos, maestros con padres, maestros con maestros, directivos con todos los demás. Y todos, a su vez, con profesionales que puedan transmitir conocimientos y experiencias útiles, aplicadas en lugares donde la situación ya fue antes descripta y afrontada como problema.
* Muchas veces, ante un primer caso, la actitud serena y firme de los directivos o docentes ha hecho desistir para siempre de sus intentos a un acosador. En este caso, como en tantas otras situaciones, la detección precoz, es fundamental. Argumentos similares a “no es como para estar orgulloso”, “nadie lo estará, ni nosotros ni tus padres y además, acá, no estamos dispuestos a permitirlo…” pueden resultar increíblemente efectivos.
* Por otra parte, los acosadores reales o potenciales son minoría. De modo que, sobre la base de lo anteriormente dicho respecto de los espectadores/testigos y el concepto de grupo escolar como un todo, la presión sobre esa minoría puede llegar a ser muy grande. La mayoría no es acosador ni acosado, pero algunos de sus miembros pueden ser acosados si se dan ciertas circunstancias. Crear esa conciencia ayuda, con toda seguridad, a una nueva cultura.
* Debido a que el secreto es el factor clave de estos comportamientos, todo lo que se haga para darle estado público al problema será conveniente, siempre que no vulnere la privacidad de nadie: carteleras, concursos de afiches, tratamiento en Consejos de alumnos o Centros de estudiantes, trabajo de colaboración con los líderes positivos del alumnado, proyección de videos con debate, clases especiales, circulación de hojas volantes, Jornadas contra el abuso, etc. Usamos el término abuso con toda intención, ya que el propósito consiste en ir creando una microcultura inmune a los abusos de todo tipo, incluidos los casos de “bullying”. Tratarlos así permite enfocar mejor, incluirlos dentro de un repertorio de conductas que también se ligan con cierta “cultura machista” y, de paso, no hacerle publicidad al “bullying” por nombrarlo excesivamente.
* Suele afirmarse que “salvo las enfermedades y los desastres climáticos, más del 90% de los problemas del mundo son resultado de que existan personas que no mantienen sus acuerdos”. No podemos comprobar si es exactamente así, pero el sentido de la idea puede tener un significativo efecto en una comunidad si se la sostiene con firmeza. Si entendemos como comportamiento abusivo todo aquel que supone un mal-uso, o uso indebido del cuerpo, las ideas, los sentimientos, el buen nombre, los objetos, el espacio o el tiempo de otro, una buena consigna para instalar y sobre la cual acordar podría ser: “No al abuso, sí al respeto”. Y una parte importante del acuerdo debería consistir en que denunciar un abuso no es ser delator sino cuidador del bien común. Porque en una “cultura del abuso”, nadie está a salvo.
* Las escuelas deberían elaborar una política al respecto. Es decir, no deberían reaccionar como si cada vez fuera la primera y sí prever ciertos procedimientos acordados por directivos y docentes (y eventualmente alumnos y padres) sobre qué hacer y fundamentalmente qué no hacer ante una denuncia o una sospecha.
* Es necesario interiorizarse en la mayor medida posible acerca de ciertos rasgos de la cultura infanto-juvenil, que suelen tener mucha influencia y que los adultos a veces desconocen o minimizan. Por ejemplo, no es rara la situación en que acosador y acosado son amigos y están unidos por un apego afectivo que sobrevive a los episodios de acoso, burla o humillación. Son relaciones que ejemplifican casos tales como Abbot y Costello o Laurel y Hardy, o “Los tres chiflados”, donde uno de ellos siempre es el despistado o torpe y termina ridiculizado. Estos casos son difíciles porque ponen sobre el tapete una cuestión fundamental, nunca mejor expresada que en el viejo dicho judío: “Dime en qué carro viajas y te diré qué canción cantas”. Es muy difícil para un chico (y también para un adulto) “cantar otra canción” salvo la que cantan aquellos que viajan en “su carro” y, por consiguiente, nuestra propuesta consiste en comenzar a crear “una nueva canción” que sea válida para todos o al menos para la mayoría.
* Desde el punto de vista práctico, muchas investigaciones demuestran que la actitud alerta de los adultos dentro del edificio escolar suele disminuir sensiblemente los episodios de acoso. Es imprescindible supervisar que los alumnos estén en clase mientras deban estarlo, vigilar los baños, pasillos, depósitos, laboratorios y otros lugares en los que se pueda permanecer cierto tiempo fuera del control de los adultos. También, en el caso de los responsables de aula, se debe prestar atención a cambios significativos en la conducta de uno o más alumnos, tales como: aislamiento, silencios persistentes, ausencias reiteradas, desatención, alteraciones bruscas en el rendimiento académico, etc.
* La escuela debería mostrarse ampliamente receptiva ante todo comentario o denuncia que algún padre formule, aun cuando fuere en grado de sospecha, en forma personal o a través de la Asociación de Padres y Maestros, si la hubiera. Y, por supuesto, una vez logrado un acuerdo institucional básico sobre el tema, será necesario programar encuentros con padres, de carácter general y/o dirigidos a aquellos cuyos hijos están o se supone que puedan estar involucrados en situaciones de acoso. Aunque no siempre ocurre, para muchos padres, tanto de víctimas como de victimarios, enterarse de la situación resulta una sorpresa y ese sólo hecho sumado a la posibilidad de compartirlo con otras personas en situación similar (o complementaria) suele tener resultados beneficiosos que se trasladan a cambios en la crianza de sus hijos. Por supuesto, también se da el caso de padres que avalan la conducta de sus hijos por razones “ideológicas” tales como: “Él trata de imponerse, eso es normal, el problema lo tienen los otros” o “Fue criado para no usar nunca la violencia para resolver los problemas”. En general, son minoría. En la mayoría de los casos, ante la presión de la realidad y de la fuerza de las normas institucionales en especial, tales creencias suelen ceder por convicción o por necesidad.
* En este caso, como en otros, la escuela debiera convertirse en un foco de iniciativas, en principio referidas a la circulación de información en red, de todos con todos: padres con hijos, padres con padres, maestros con alumnos, maestros con padres, maestros con maestros, directivos con todos los demás. Y todos, a su vez, con profesionales que puedan transmitir conocimientos y experiencias útiles, aplicadas en lugares donde la situación ya fue antes descripta y afrontada como problema.
Rolando Martiñá:”La comunicación con los padres”, roquel Buenos Aires, 2007
Maltrato infantil
El maltrato a los niños es un problema universal que ha existido desde tiempos remotos, sin embargo es en el siglo XX con la declaración de los derechos del niño (O.N.U. 1959), cuando se le considera como un delito y un problema de profundas repercusiones psicológicas, sociales, éticas, legales y médicas.
Definición y clasificación del maltrato infantil
No existe una definición única de maltrato infantil, ni una delimitación clara y precisa de sus expresiones. Sin embargo, lo más aceptado como definición es todas aquellas acciones que van en contra de un adecuado desarrollo físico, cognitivo y emocional del niño, cometidas por personas, instituciones o la propia sociedad. Ello supone la existencia de un maltrato físico, negligencia, maltrato psicológico o un abuso sexual. (NCCAN, 1988). Esta definición está en concordancia con la existente en el manual de psiquiatría DSM-IV.
1. El maltrato físico
Este tipo de maltrato abarca una serie de actos perpetrados utilizando la fuerza física de modo inapropiado y excesivo. Es decir, es aquel conjunto de acciones no accidentales ocasionados por adultos (padres, tutores, maestros, etc.), que originan en el niño un daño físico o enfermedad manifiesta. Aquí se incluyen golpes, arañazos, fracturas, pinchazos, quemaduras, mordeduras, sacudidas violentas, etc.
2. La negligencia o abandono
La negligencia es una falta de responsabilidad parental que ocasiona una omisión ante aquellas necesidades para su supervivencia y que no son satisfechas temporal o permanentemente por los padres, cuidadores o tutores. Comprende una vigilancia deficiente, descuido, privación de alimentos, incumplimiento de tratamiento médico, impedimento a la educación, etc.
3. El maltrato emocional
Es aquel conjunto de manifestaciones crónicas, persistentes y muy destructivas que amenazan el normal desarrollo psicológico del niño. Estas conductas comprenden insultos, desprecios, rechazos, indiferencia, confinamientos, amenazas, en fin, toda clase de hostilidad verbal hacia el niño. Este tipo de maltrato, ocasiona que en los primeros años del niño, éste no pueda desarrollar adecuadamente el apego, y en los años posteriores se sienta excluido del ambiente familiar y social, afectando su autoestima y sus habilidades sociales.
4. El abuso sexual
Es uno de los tipos de maltrato que implica mayores dificultades a la hora de estudiar. Consiste en aquellas relaciones sexuales, que mantiene un niño o una niña (menor de 18 años) con un adulto o con un niño de más edad, para las que no está preparado evolutivamente y en las cuales se establece una relación de sometimiento, poder y autoridad sobre la víctima.
Las formas más comunes de abuso sexual son: el incesto, la violación, la vejación y la explotación sexual. También incluye la solicitud indecente sin contacto físico o seducción verbal explícita, la realización de acto sexual o masturbación en presencia de un niño y la exposición de órganos sexuales a un niño.
El maltratador habitualmente es un hombre (padre, padrastro, otro familiar, compañero sentimental de la madre u otro varón conocido de la familia). Raramente es la madre, cuidadora u otra mujer conocida por el niño.
Otro tipo de maltrato infantil es el llamado Sindrome de Münchausen por poderes, consiste en inventar una enfermedad en el niño o producirla por la administración de sustancias y medicamentos no prescritos.
Generalmente se trata de un niño en la edad de lactante-preescolar (edad media de 3 años). Los signos y síntomas aparecen solamente en presencia de la madre (habitualmente el perpetrador del abuso), son de causa inexplicable y los exámenes complementarios no aclaran el diagnóstico. Este sindrome presenta una mortalidad entre 10-20%, y su impacto a largo plazo puede dar lugar a desórdenes psicológicos, emocionales y conductuales.
Además se debe incluir el maltrato prenatal, definido como aquellas circunstancias de vida de la madre, siempre que exista voluntariedad o negligencia, que influyen negativa y patológicamente en el embarazo, parto y repercuten en el feto. Tales como: rechazo del embarazo, falta de control y seguimiento médico del embarazo, negligencia personal en la alimentación e higiene, medicaciones excesivas o no prescritas, consumo de alcohol, drogas y tabaco, exposición a radiaciones, y otras.
En los últimos tiempos se habla de maltrato institucional, que consiste en cualquier legislación, programa o procedimiento, ya sea por acción o por omisión, procedente de poderes públicos o privados, por profesionales al amparo de la institución, que vulnere los derechos básicos del menor, con o sin contacto directo con el niño.
Cada uno de estos tipos de maltrato infantil presentan indicadores físicos y conductuales en el menor maltratado, así como indicadores conductuales y actitudes del maltratador, lo cual ayuda en su diagnóstico.
Las causas del maltrato infantil
Las causas del maltrato infantil
Los estudiosos del tema del maltrato infantil han tratado de explicar su aparición y mantenimiento utilizando diversos modelos, así tenemos: el modelo sociológico, que considera que el abandono físico es consecuencia de situaciones de carencia económica o de situaciones de aislamiento social (Wolock y Horowitz, 1984); el modelo cognitivo, que lo entiende como una situación de desprotección que se produce como consecuencia de distorsiones cognitivas, expectativas y percepciones inadecuadas de los progenitores/cuidadores en relación a los menores a su cargo (Larrance, 1983); el modelo psiquiátrico, que considera que el maltrato infantil es consecuencia de la existencia de psicopatología en los padres (Polansky, 1985); el modelo del procesamiento de la información, que plantea la existencia de un estilo peculiar de procesamiento en las familias con menores en situación de abandono físico o negligencia infantil (Crittender, 1993); y por último el modelo de afrontamiento del estrés, que hace referencia a la forma de evaluar y percibir las situaciones y/o sucesos estresantes por parte de estas familias (Hilson y Kuiper, 1994).
En la actualidad el modelo etiopatogénico que mejor explica el maltrato infantil, es el modelo integral del maltrato infantil. Este modelo considera la existencia de diferentes niveles ecológicos que están encajados unos dentro de otros interactuando en una dimensión temporal. Existen en este modelo factores compensatorios que actuarían según un modelo de afrontamiento, impidiendo que los factores estresores que se producen en las familias desencadenen una respuesta agresiva hacia sus miembros. La progresiva disminución de los factores compensatorios podría explicar la espiral de violencia intrafamiliar que se produce en el fenómeno del maltrato infantil. Entre los factores compensatorios se señalan: armonía marital, planificación familiar, satisfacción personal, escasos sucesos vitales estresantes, intervenciones terapéuticas familiares, apego materno/paterno al hijo, apoyo social, buena condición financiera, acceso a programas sanitarios adecuados, etc. Entre los factores estresores se cuentan: historia familiar de abuso, disarmonía familiar, baja autoestima, trastornos físicos y psíquicos en los padres, farmacodependencia, hijos no deseados, padre no biológico, madre no protectora, ausencia de control prenatal, desempleo, bajo nivel social y económico, promiscuidad, etc.
Consecuencias del maltrato infantil
Independientemente de las secuelas físicas que desencadena directamente la agresión producida por el abuso físico o sexual, todos los tipos de maltrato infantil dan lugar a trastornos conductuales, emocionales y sociales. La importancia, severidad y cronicidad de las estas secuelas depende de:
* Intensidad y frecuencia del maltrato.
* Características del niño (edad, sexo, susceptibilidad, temperamento, habilidades sociales, etc).
* El uso o no de la violencia física.
* Relación del niño con el agresor.
* Apoyo intrafamiliar a la víctima infantil.
* Acceso y competencia de los servicios de ayuda médica, psicológica y social.
* Características del niño (edad, sexo, susceptibilidad, temperamento, habilidades sociales, etc).
* El uso o no de la violencia física.
* Relación del niño con el agresor.
* Apoyo intrafamiliar a la víctima infantil.
* Acceso y competencia de los servicios de ayuda médica, psicológica y social.
En los primeros momentos del desarrollo evolutivo se observan repercusiones negativas en las capacidades relacionales de apego y en la autoestima del niño. Así como pesadillas y problemas del sueño, cambios de hábitos de comida, pérdidas del control de esfínteres, deficiencias psicomotoras, trastornos psicosomáticos.
En escolares y adolescentes encontramos: fugas del hogar, conductas autolesivas, hiperactividad o aislamiento, bajo rendimiento académico, deficiencias intelectuales, fracaso escolar, trastorno disociativo de identidad, delincuencia juvenil, consumo de drogas y alcohol, miedo generalizado, depresión, rechazo al propio cuerpo, culpa y vergüenza, agresividad, problemas de relación interpersonal.
Diversos estudios señalan que el maltrato continúa de una generación a la siguiente. De forma que un niño maltratado tiene alto riesgo de ser perpetuador de maltrato en la etapa adulta.
Prevención del maltrato infantil y actuación del pediatra.
Prevención del maltrato infantil y actuación del pediatra.
Los pediatras, al ser los profesionales de salud que están en mayor contacto con los niños, son los llamados a realizar la prevención del maltrato infantil, además de establecer diagnósticos y junto con un equipo multidisciplinario colaborar en su tratamiento.
Los pediatras se encuentran en una posición favorable para detectar niños en situación de riesgo (sobre todo en menores de 5 años, la población más vulnerable), a partir de esta edad los maestros comienzan a tener un papel principal en la prevención y diagnóstico.
La prevención del maltrato infantil se establece en tres niveles:
Prevención Primaria: dirigida a la población general con el objetivo de evitar la presencia de factores estresores o de riesgo y potenciar los factores protectores del maltrato infantil.
Se incluyen:
* Sensibilización y formación de profesionales de atención al menor.
* Intervenir en la psicoprofilaxis obstétrica (preparación al parto).
Intervenir en las escuelas para padres, promoviendo valores de estima hacia la infancia, la mujer y la paternidad.
* Prevenir el embarazo no deseado, principalmente en mujeres jóvenes, mediante la educación sexual en centros escolares y asistenciales.
* Búsqueda sistemática de factores de riesgo en las consultas de niño sano. Así como evaluar la calidad del vínculo afectivo padres-hijos, los cuidados del niño, actitud de los padres en la aplicación del binomio autoridad-afecto.
* Intervenir en las consultas y exponer los derechos de los niños y la inconveniencia de los castigos físicos. Ofrecer la alternativa de la aplicación del castigo conductual.
* Identificar los valores y fortalezas de los padres, reforzando su autoestima.
* Intervenir en la psicoprofilaxis obstétrica (preparación al parto).
Intervenir en las escuelas para padres, promoviendo valores de estima hacia la infancia, la mujer y la paternidad.
* Prevenir el embarazo no deseado, principalmente en mujeres jóvenes, mediante la educación sexual en centros escolares y asistenciales.
* Búsqueda sistemática de factores de riesgo en las consultas de niño sano. Así como evaluar la calidad del vínculo afectivo padres-hijos, los cuidados del niño, actitud de los padres en la aplicación del binomio autoridad-afecto.
* Intervenir en las consultas y exponer los derechos de los niños y la inconveniencia de los castigos físicos. Ofrecer la alternativa de la aplicación del castigo conductual.
* Identificar los valores y fortalezas de los padres, reforzando su autoestima.
Prevención Secundaria: dirigida a la población de riesgo con el objetivo de realizar un diagnóstico temprano y un tratamiento inmediato. Atenuar los factores de riesgo presentes y potenciar los factores protectores.
Se incluyen:
* Reconocer situaciones de maltrato infantil, estableciendo estrategias de tratamiento.
* Reconocer situaciones de violencia doméstica o de abuso a la mujer y buscar soluciones.
* Reconocer las conductas paternas de maltrato físico o emocional, considerando la remisión de la familia a una ayuda especializada en el manejo de la ira y la frustración.
* Remitir a centros de salud mental a padres con adicción a alcohol y drogas.
* Reconocer situaciones de violencia doméstica o de abuso a la mujer y buscar soluciones.
* Reconocer las conductas paternas de maltrato físico o emocional, considerando la remisión de la familia a una ayuda especializada en el manejo de la ira y la frustración.
* Remitir a centros de salud mental a padres con adicción a alcohol y drogas.
Prevención Terciaria: consiste en la rehabilitación del maltrato infantil, tanto para los menores víctimas como para los maltratadores. Para ello se debe disponer de un equipo interdisciplinario (pediatras, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, orientadores familiares, terapeutas, jueces de menores, cuerpos policiales, etc.).
EL MALTRATO INFANTIL ES UN PROBLEMA DE TODOS.
Por: Dr. Eduardo R. Hernández González.
Pediatra y Terapeuta de la Conducta Infantil.
Pediatra y Terapeuta de la Conducta Infantil.
lunes, 1 de diciembre de 2014
Convivencia
Estimadas familias, alumnado e docentes, gustaríanos convidarvos a reflexionar xuntos a cerca dun termo amplo ó que cada quén de nós contribúe diariamente. Para iso referenciamos este pequeno vídeo ó que titulamos CONVIVENCIA. Parecenos que, despois de velo, podemos reflexionar e analizar un concepto complexo como é o citado, pero tamén analizar a importancia que ten a atención á diversidade dentro da construción do mesmo. Que vos parece?
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